martes, 11 de noviembre de 2008

DIFERENCIAS ENTRE PLANTAS Y ANIMALES

por A.Quintana

Cualquiera es capaz de señalar las diferencias entre un árbol y los pajarillos que en él se cobijan. El árbol no revela por ningún signo exterior apreciable que perciba nuestra presencia mientras que los pájaros emprenden el vuelo ante el menor indicio de peligro. Esta diferencia de actuación es, en cierto modo, y en último término, consecuencia de la distinta manera que tienen animales y plantas de efectuar sus funciones de nutrición.

La consideración de que el animal es un organismo, o sea un compuesto de órganos que poseen actividades peculiares, basta para distinguir al animal del ser inorgánico mineral o inanimado, pero la diferencia con los vegetales es más difícil de establecer. Esta diferencia se encuentra en la estructura anatómica, en las características de sus elementos constituyentes y en las diferenciaciones de éstos, pero tomados todos estos caracteres en conjunto mejor que considerados uno por uno.

Linneo, en 1725, distinguía los tres reinos de la naturaleza con el axioma siguiente: "Las piedras crecen, los vegetales crecen y viven, y los animales crecen, viven y sienten". Pero esto, que podía ser incontrovertible y suficiente cuando la multitud de pequeños organismos era completamente desconocida, hoy no lo es. "Nada parece más fácil –dice Cuvier–que definir el animal; todo el mundo lo concibe como un ser dotado de sensaciones y de movimientos voluntarios, pero cuando se trata de determinar si un ser que se estudia es o no animal, empiezan las dificultades y se ve que esta definición es extremadamente difícil de aplicar”.

Si en lugar de estudiar el animal solamente desde el punto de vista anatómico, es decir, en estado de reposo, se le considera en estado dinámico, o sea bajo el concepto fisiológico, puede decirse con Robin: "El animal es un ser viviente que se nutre, se desarrolla, se reproduce, siente y se contrae". Es, pues, la contractilidad, el signo manifiesto de la animalidad. De aquí la definición de Lamarck: "El animal es un cuerpo viviente dotado de partes irritables, contráctiles instantánea e iterativamente sobre sí mismas o en otros términos, un ser vivo contráctil".


Sin embargo, no se puede formar una idea verdaderamente concreta de lo que es el animal y de las diferencias que presenta comparado con el organismo vegetal, más que haciendo un detenido paralelo entre uno y otro grupos. El animal posee multitud de órganos de estructura compleja bajo una envoltura compacta, mientras que la planta ostenta numerosos apéndices de ancha superficie que representan sus órganos excretores y nutritivos en las plantas predomina el desarrollo externo de las fases en que se verifica la acción endosmótica; en los animales, el desarrollo interno.

El animal tiene una boca para la introducción de los alimentos sólidos y líquidos, que son digeridos y reabsorbidos por un estómago que se haya en comunicación directa con varias glándulas de diversas clases (glándulas salivales, hígado, páncreas, etc. ). Los residuos sólidos, impropios para la alimentación, son expulsados por el ano en estado de heces; los productos nitrogenados en descomposición, son también eliminados bajo forma líquida por ciertos órganos especiales (riñones). Una especie de bomba aspirante e impelente (corazón), animada de movimientos rítmicos y un sistema de vasos sanguíneos, hace circular el líquido vital, es decir, la sangre. La respiración se efectúa por medio de pulmones en los animales de respiración aérea, y en los acuáticos por medio de branquias. Por último, el animal tiene un aparato de reproducción que se encuentra colocado en el interior del cuerpo, un sistema nervioso y multitud de órganos destinados a recoger y transmitir las sensaciones.

El aparato vegetativo de la planta es de conformación mucho más sencilla; las raíces absorben las sustancias alimenticias líquidas mientras las hojas absorben y expulsan los gases. Los aparatos complicados de los animales no existen en las plantas; un parénquima, más o menos homogéneo, compuesto de celdillas y de vasos en los que se mueven líquidos, constituye el cuerpo de la planta. Los órganos de reproducción se hallan colocados en el exterior, y no hay nervios y órganos de los sentidos.

Las diferencias que se acaban de enumerar no son decisivas, sin embargo, más que para los animales y las plantas superiores, y van desapareciendo poco a poco a medida que la organización se simplifica. Ya en algunos vertebrados, y más aún en los articulados y moluscos, los aparatos circulatorios y respiratorios aparecen mucho menos complicados. Algunas veces los pulmones y las branquias faltan, llenando entonces sus funciones la envoltura tegumentaria. Los vasos se simplifican y desaparecen con el corazón, moviéndose la sangre irregularmente en la cavidad visceral y en lagunas desprovistas de paredes propias. Lo mismo ocurre con los órganos de la digestión; las glándulas salivales y el hígado dejan de ser órganos distintos del estómago, y algunas veces este último queda reducido a un tubo terminado en una bolsa sin salida simple o ramificada (trematodos); otras, se reducen a una cavidad central cuyas paredes se confunden con la envoltura general del cuerpo (zoófitos). La boca también puede faltar, y en este caso la absorción de las sustancias alimenticias se verifica, como en las plantas, por endósmosis, a través de la envoltura cutánea (cestodos) .

En fin, muchos organismos considerados como animales (por ejemplo, todos los protozoarios) carecen de sistema nervioso y de órganos de los sentidos. Esta simplificación de la estructura de ciertos animales ha llegado hasta el punto de que a veces se aproxima tanto a la de las plantas, que muchos de aquéllos han sido confundidos con éstas por espacio de mucho tiempo, especialmente los que no presentan movimientos voluntarios. En casos como éstos, la idea de individualidad es tan difícil de aplicar al reino animal como al reino vegetal. Con lo anteriormente dicho queda perfectamente negada una de las afirmaciones que por mucho tiempo han sido consideradas como incontrovertibles. Hoy puede asegurarse sin vacilación que en la forma general y en la organización de los animales no existe ninguna verdadera diferencia que sirva de línea divisoria entre los animales y los vegetales.

Entre los tejidos animales y los tejidos vegetales existe generalmente una importante diferencia. Ahora bien, ¿se presenta esta diferencia en todos los casos? Mientras que en los unos las células conservan su forma primitiva y su individualidad, en otros, por el contrario, éstas sufren modificaciones muy diversas a expensas de su misma individualidad. Las plantas tienen la apariencia de una aglomeración de células similares perfectamente separadas unas de otras, y los animales presentan el aspecto de formaciones heterogéneas en las cuales muy rara vez se hallan las células claramente limitadas.

La razón de esta divergencia radica en la estructura de las células; en las plantas, la envoltura celulósica se reviste alrededor del utrículo primordial de una membrana gruesa, mientras que en los animales sólo se observa una simple película nitrogenada, muy delicada, o una capa superficial, un poco más densa que el contenido.

Sin embargo, se encuentran algunas células vegetales con utrículo primordial desnudo (célula primordiales) y, por otra parte, algunos tejidos animales, como por ejemplo, la cuerda dorsal, las células de sostén de los tentáculos de los hidroidos, el cartílago, etc., en los que las células han conservado toda su individualidad, se ha rodeado de tejidos muy resistentes son muy análogas a las de los tejidos vegetales.

Muchos autores han asegurado que los tejidos animales han de ser necesariamente pluricelulares; pero esta afirmación carece de fundamento pues existe un gran número de organismos animales que ha sido preciso colocar entre los formados por células simples. Esto mismo sucede con algunas clases de plantas (muchas setas y algas) de manera que en esto los dos reinos se rigen por las mismas leyes.

Es sabido que en las plantas predomina la multiplicación anual; esto, sin embargo, ocurre también en gran número de grupos inferiores del reino animal. La reproducción sexual se observa en las plantas lo mismo que en los animales, verificándose por medio del encuentro de los elementos reproductores macho (cuerpo seminal) y hembra (célula huevo ), y presentando idénticos fenómenos; los elementos reproductores tienen en los dos reinos una gran analogía en su forma. La estructura y posición de los órganos genitales en el interior del cuerpo o en su superficie, ofrecen caracteres tanto menos seguros para distinguir la planta del animal, cuanto que bajo este punto de vista, así dentro del reino vegetal como del animal, es como se notan las diferencias más considerables.

La composición química y el modo de verificarse el cambio molecular, difieren, por regla general, mucho entre los animales y las plantas. En otro tiempo se concedía gran valor al hecho de que las plantas estaban formadas principalmente de cuerpos ternarios y los animales de cuerpos nitrogenados cuaternarios, y se atribuía una importancia preponderante al nitrógeno en el primer caso y al carbono en el segundo.

Sin embargo, las combinaciones ternarias, tales como las grasas y los hidratos de carbono, se hallan en gran abundancia en la economía animal, y en cambio se encuentran materias cuaternarias en gran número de plantas de nueva formación. El protoplasma contenido en la célula vegetal, es muy rico en nitrógeno, y bajo el punto de vista de sus reacciones microquímicas es idéntico al sárcoda, que es la sustancia contráctil de los animales inferiores. Además, los diferentes principios albuminosos se hallan en los órganos vegetales.


No podrá citarse una sola sustancia que pertenezca exclusivamente a los animales, o a los vegetales. La clorofila se encuentra en los animales y falta en algunos vegetales. La celulosa, combinación ternaria particular de la membrana de la célula vegetal, ha sido hallada en el manto de los ascidios. La existencia de la colesterina en el reino vegetal y de algunas otras materias características de la sustancia nerviosa, está completamente confirmada, como en el caso de las leguminosas.

La manera de nutrirse ofrece un contraste más notable. Además de ciertas sales (fosfatos y sulfatos alcalinos y terrosos), absorbe la planta, más que nada, agua, carbonatos y nitratos, o bien combinaciones amoniacales, y elabora, por medio de estas sustancias inorgánicas binarias, compuestos complejos. El animal no absorbe sales únicamente, sino que necesita además ciertos alimentos que contienen las sustancias orgánicas y entre los que figuran en primera línea las grasas y compuestos albuminosos, que bajo la influencia de los fenómenos generales de la nutrición, se desdoblan en agua, ácido carbónico, productos nitrogenados, creatina, tirosina, leucina, etc.

La planta que por la acción de la clorofila desarrolla y crea todas sus partes bajo la influencia de la luz, a expensas del ácido carbónico, del amoniaco y del agua, de los compuestos orgánicos, exhala el oxígeno que el animal absorbe a su vez para proveer las continuas necesidades de la nutrición. La respiración y la nutrición, por lo tanto, se hayan ligadas en los reinos, si bien en sentido inverso. La vida del animal tiene por base la descomposición de las combinaciones complejas y no es en suma más que un fenómeno de oxidación, por el cual las fuerzas latentes se transforman en fuerzas vivas (movimiento, calor, luz); la actividad vital de la planta descansa, por el contrario, sobre fenómenos de síntesis y no es otra cosa que un fenómeno de reducción que tiene por resultado transformar el calor, la luz, las fuerzas vivas, en fin, en fuerzas latentes o que están en tensión.

Esta diferencia no puede servir de norma, sin embargo, en todos los casos. Desde hace unos años la atención de todos los naturalistas se ha fijado en una serie de fenómenos de nutrición y digestión ya observado hace mucho tiempo por Ellis en ciertas plantas que, lo mismo que los animales, capturan pequeños organismos y, por un procedimiento químico análogo al de la digestión, absorben la materia orgánica por medio de unas glándulas colocadas en su superficie. Una considerable cantidad de plantas y casi todos los hongos se alimentan de jugos orgánicos y su función aérea es completamente análoga a la de los animales, pues al mismo tiempo absorben oxígeno y exhalan ácido carbónico.

Gran número de experimentos han demostrado que la absorción del oxígeno a intervalos determinados es necesaria a los vegetales, que muchas partes de las plantas que no están verdes, no contienen clorofila cuando se hallan privadas de la luz del sol, y que durante la noche, hasta en las mismas partes verdes se nota, lo mismo que en los animales, exhalación de ácido carbónico o absorción de oxígeno. Además de este procedimiento de desoxigenación tan general y regular, se descubren en el vegetal fenómenos de oxidación análogos a los que bajo la influencia de la nutrición ocurren en los animales y por virtud de los cuales una parte de las sustancias asimiladas se descompone de nuevo y es expelida.

El crecimiento de las plantas es imposible sin absorción de oxígeno y desprendimiento de ácido carbónico; cuanto más activo es el desarrollo, tanto más considerable es la cantidad de oxígeno absorbido. Los granos que se hallan en germinación, y los capullos de las hojas o las flores que se desarrollan con rapidez, hacen un consumo verdaderamente enorme de oxígeno y al mismo tiempo tienen grandes exhalaciones de ácido carbónico. De aquí resulta que los movimientos del protoplasma se hallan íntimamente ligados a la absorción de oxígeno. La producción del calor (germinación) y de los fenómenos luminosos exige también consumo muy activo de oxígeno. En fin, hay algunos organismos que producen combinaciones nitrogenadas y proteicas, pero que no asimilan el ácido carbónico, tomando el carbono que les es necesario de los hidratos de carbono.

El movimiento voluntario y la sensibilidad pasan por ser los caracteres por excelencia de la animalidad. En otro tiempo se creía que la facultad de moverse libremente era un atributo necesario para la vida animal, y como consecuencia se consideraba a las colonias de pólipos como verdaderas plantas; este error subsistió hasta el siglo pasado, en que los esfuerzos de notables naturalistas y las pruebas irrefutables que algunos presentaron, hicieron que se reconociera la naturaleza animal, tanto de los pólipos como de otros seres que hasta entonces no habían sido reconocidos como animales.

Por otra parte, hasta pasado mucho tiempo no se quiso reconocer como cierto el hecho de que muchas plantas, una vez llegadas al término de su crecimiento o durante su desarrollo, gozan de la facultad de moverse libremente; pero el descubrimiento de las esporas movibles de las algas hizo inclinar la cabeza y rendirse ante la evidencia a los que con más saña combatían tal afirmación. Entonces todos fijaron su atención en los caracteres que pudieran darles a conocer cuando el movimiento es voluntario, con el objeto de distinguir los que presentan los animales, y los que manifiestan los vegetales.

Durante mucho tiempo se creyó que el movimiento se efectuaba sólo por la contractilidad de los tejidos animales pero después se vio que los animales inferiores que carecen de músculos tienen en lugar de éstos una materia informe, albuminosa, llamada sárcoda, que es la sustancia contráctil fundamental del cuerpo. Sin embargo, las esperanzas que para trazar una línea divisoria había avivado este descubrimiento se desvanecieron al conocer que el contenido viscoso de la célula vegetal, conocido con el nombre de protoplasma, posee también la propiedad de contraerse y por sus propiedades esenciales es idéntico al sarcoda.

Los dos, en efecto, ofrecen las mismas reacciones químicas, y algunos cuerpos que se creían exclusivos del sarcoda han sido hallados en el protoplasma de algunos vegetales. Mientras que en la mayor parte de las plantitas la contractilidad del protoplasma se halla paralizada por las membranas de las células, en las células desnudas de algunas plantas (vulvecinas, mixomicetos), se manifiesta de una manera tan clara como en el sarcoda de los infusorios y los rizópodos. De aquí resulta que en los fenómenos de movimiento que presentan tanto los animales como las plantas, es inútil tomar la voluntad como criterio, pues únicamente la apreciación arbitraria de cada observador es la que decide si este o aquel movimiento es o no voluntario.


La facultad de sentir no puede considerarse como una función de la materia y debe suponerse que existe donde se producen movimientos voluntarios, pero puede asegurarse con exactitud que se halla en todos los animales. Hay multitud de éstos que no manifiestan cuando se les excita más que movimientos apenas perceptibles y no de más consideración que los de los vegetales. La irritabilidad, por otra parte, parece hallarse muy extendida entre las fanerógamas: algunas de ellas, como las mimosas, doblan sus hojas en el momento en que se las toca; otras, como las droseras, encorvan también una especie de tentáculos que cubren su superficie y que son muy semejantes a los brazos de los pólipos.

La dionea, conocida con el nombre de atrapamoscas, en el momento en que siente el contacto de un insecto repliega una contra otra las dos mitades de la hoja en que el insecto se ha posado. Otras, en virtud de leyes muy semejantes a las que rigen las contracciones de los músculos de los animales superiores, por poco que se les someta a una excitación mecánica o elástica se retuerce en toda su longitud. También muchas flores se abren o se cierran bajo la influencia de la luz a diferentes horas del día; otras van cambiando de posición, siguiendo siempre la posición del sol.

La contractilidad y la irritabilidad son también por consiguiente propiedades del tejido vegetal y del protoplasma, y no es posible decidir si la voluntad y la sensibilidad, que se niegan a las manifestaciones de esta naturaleza de las plantas, entran en juego en los animales inferiores cuando presentan fenómenos semejantes de excitación o de movimiento.

Ahora bien, ninguno de los caracteres que se han citado pueden proporcionar un verdadero criterio que permita señalar un límite que separe los dos reinos. Tanto los animales como las plantas parten de un punto común: la sustancia contráctil. Si bien es verdad que ambos siguen en su desarrollo caminos muy diferentes, muchas veces, sin embargo, en sus primeros pasos se usurpan y confunden mutuamente sus dominios, no dejando, en realidad, ver sus diferencias más que en los organismos más perfectos.


Por tanto, sin querer establecer distinciones muy marcadas entre ambos reinos, debe recurrirse, para poder formar una idea general de un animal, al conjunto de caracteres distintivos presentados por los grupos más elevados de la escala zoológica. De esta enumeración se deduce que el animal es un organismo libre dotado de movimiento y sensibilidad, cuyos órganos se desarrollan en el interior del cuerpo; se alimenta de materias organizadas; respira oxígeno; transforma las fuerzas latentes o de tensión en fuerzas vivas bajo la influencia de los fenómenos de oxidación, y excreta ácido carbónico y productos nitrogenados.

Las plantas verdes fabrican su propio alimento con los componentes del aire y del suelo, en presencia de la luz y con la intervención eficacísima del pigmento llamado clorofila, que reside en los cloroplastos que tiñen las células verdes de sus hojas. La energía solar captada por la clorofila permite a los vegetales tomar del aire el bióxido de carbono y descomponerlo en carbono, que retienen, y oxígeno, del que se desprenden; por las raíces, las plantas toman el agua del suelo, y con ella, las sales que tiene en disolución. Con tales materias primas y en virtud del proceso de la fotosíntesis, las células vegetales dan origen a azúcares, féculas, grasas y materias proteicas que necesitan para su nutrición. Este importantísimo fenómeno biológico justifica y explica la inmovilidad del árbol, que no necesita desplazarse para obtener sus alimentos.

Los animales, de estar inmóviles, incapaces como son de elaborar sus materias nutritivas, perecerían de inanición; esta es la razón por la que se ven obligados a moverse de aquí para allá e ir en busca de alimento vegetal o animal del que se nutren. El movimiento y la inquietud peculiar de los animales determinan en ellos la presencia de órganos sensoriales y un sistema nervioso que no existe en el vegetal, dada su habitual quietud. En los seres más inferiores del reino animal, sin embargo, no hay sistema nervioso; la irritabilidad de la materia viva suple, entonces, sus funciones.


Existen, no obstante, animales fijos, como la esponja, el coral o la ostra, pero todos ellos son acuáticos y pueden vivir gracias a las innumerables partículas orgánicas, las más de ellas vivientes, que se encuentran en el seno de las aguas y que sirven de alimento a tales seres, sin que necesiten moverse para atender a sus exigencias nutritivas. Los seres fijos tienden a tomar formas ramificadas e indefinidas, en tanto que los que se mueven tienen formas definidas, concretas y no ramificadas.

Esta distinción en el modo de nutrirse las plantas y los animales inferiores no es tan clara cuando se trata de seres microscópicos; así, la euglena y otros flagelados, como los volvox, se mueven como los animales mediante prolongaciones semejantes a pequeños látigos, llamadas flagelos, que se agitan en los líquidos, pero al mismo tiempo, tienen granos de clorofila y cloroplastos o cromatóforos que les permiten nutrirse como los demás vegetales. De estos seres que parecen tener simultáneamente caracteres de plantas y animales, se ha dicho que derivan, por un lado, el mundo de los vegetales, y por otro, el reino de los animales. No faltan autores que aceptan esta sugerencia y admiten que los flagelados son las formas primitivas de las cuales se originan los seres de los reinos vegetal y animal.

Existen vegetales, como los hongos, las bacterias, y ciertas fanerógamas, como la cúscuta, la pipa de indio y la orobanca o hierba tora, que carecen de clorofila, y tienen que alimentarse de sustancias en descomposición o vivir parásitos sobre otros seres vivos, de un modo análogo a muchos animales.

Las diferencias señaladas en el caso de los organismos superiores de uno y otro reino se desdibujan y aparecen menos claras en las plantas más sencillas y en los animales menos complejos, en que muchas veces es difícil dictaminar de un modo indudable si corresponden al mundo de las plantas o al dominio de los animales.